Los axiomas del perdón

Con gran frecuencia, se ha considerado el perdón como “el reto” de conceder amnistía a otros por algo que nos han hecho y consideramos pernicioso. Pero esto es sólo una pequeña parte de cuanto implica.

 

Perdonar es un proceso que parte de nosotros mismos y tiene menos que ver con los demás. Si no podemos retirar el aguijón de la culpa, vergüenza o el dolor de nuestro corazón, no podremos ofrecer indulgencia.

 

A lo largo del tiempo hemos intentado resolver nuestro odio hacia nosotros mismos proyectando en los demás la responsabilidad por nuestros problemas de manera inútil, ya que, el odio hacia uno mismo sigue siendo eso aunque involucremos terceras partes.

 

El verdadero acto de perdonar se hace con todo el ser. Solo así nos desharemos de la pesada carga, esa que implica llevar el dolor a cuestas, esa cuya propia naturaleza es caer.

Se trata de organizar una ceremonia incondicional e imparcial, centrarnos en el presente, arraigarnos a la tierra que pisamos, abrirnos y ser conscientes.

 

El resentimiento, sin embargo, es un enemigo voraz, no obstante, también tiene un talón de Aquiles:  procede del miedo y este último, atemoriza pero no mata.

Prueba de ello, es que el miedo puede dejarte en el suelo tras un beligerante asalto, pero como la cara nocturna y diurna de la realidad, también cuenta con una parte benevolente que decide absolverte. Te brinda la vida y con ello la oportunidad de levantarte otra vez a luchar.

Debajo del dolor hay amor y esto último es cuanto queremos. Pero, ¿cómo atravesar el dolor para llegar al amor?, ¿cómo atravesar la oscuridad para llegar a la luz?: recordando que ambas existen y son igualmente lícitas. Aceptándote a ti mismo con todas tus contradicciones. Cada acto de aceptación abre nuestro corazón, nos invita a buscar intimidad con el otro, nos permite tener relaciones basadas en una profunda sinceridad y humanidad.

Podemos empezar a aprender cómo nos hieren los juicios que emitimos. Podemos llevar una ofrenda de amor a las recónditas heridas internas y aceptarlas con cariño y compasión.  Es una manera de borrar de nuestro diccionario los juicios que hicimos sobre nosotros, de neutralizar los que hicimos sobre lo demás.

No hace falta ser “perfecto” para perdonar, es un proceso continuo que dura toda la vida. “Acepto aquello que pasó, lo dejo ir y vuelvo a empezar”. Cada gesto de perdón que seamos capaces de hacer “ahora mismo” es suficiente. Comprender esto nos capacita para practicar primero el perdón con nosotros mismos y después extrapolarlo.

Basta ya de condenarnos, en el fondo, cada uno de nosotros es un instante en la historia del universo, un ser diminuto que necesita sanar.